Un retrato valiosísimo de la colonia española en Nueva York escrito en 1884 por el insigne periodista e inventor gallego, Ramón Verea

Un retrato valiosísimo de la colonia española en Nueva York escrito en 1884 por el insigne periodista e inventor gallego, Ramón Verea. No tiene desperdicio. A continuación colgaremos una traducción al inglés.

Cerraremos esta revista a vuela pluma con la colonia española [en Nueva York], incluyendo en ella todos los que hablan castellano.

Nos parece que el español al llegar aquí contrae el “vicio del trabajar”, enfermedad que no le acomete tan fuerte en su clima natal. Cábenos la satisfacción de decir sin que el amor de raza nos ciegue, que la colonia española puede servir de ejemplo a cualquier otra. Desde el joven que pasa los días sentado a una mesa haciendo tabacos hasta el comerciante que recibe y despacha buques, hay un amor tal al trabajo y una honradez tan acrisolada que pueden envanecer a cualquiera. El tabaquero, por ejemplo, que en otras partes es mirado como un vago de oficio y un petardista de profesión, puede parangonarse aquí con el operario más honrado de cualquier nacionalidad que sea. Y solo por esa honradez y ese amor al trabajo se puede explicar como muchos que hace pocos años eran simples operarios o dependientes han llegado a poseer grandes fábricas o casas de comercio respetables. De todos los comerciantes de nuestra raza hay pocos que hayan venido aquí con grandes capitales: la mayor parte de ellos pueden decir que todo se lo deben a sí mismos; que el crédito que han adquirido en este vasto mercado debido es a su honrado proceder en todas las transacciones. Una quiebra de casa española es tan rara como el abandono de la familia.

La colonia española además de muchas fábricas de gran crédito y numerosas casas de comisión en casi todos los ramos, cuenta con establecimientos de todas clases. Hay periódicos políticos, industriales y de educación, entre los primeros Las Novedades, que publica una edición diaria y otra semanal; tenemos tres hoteles, EL Español, El Recreo y El Imperial, además de muchas casas de huéspedes; hay varias sociedades de beneficiencia y de socorros mutuos, boticas, zapaterías, sombrerías, etc. Y a ser los de raza española tan amigos de protegerse los unos a los otros como los franceses o los alemanes, mucho mejor papel pudiéramos hacer entre las colonias extranjeras. Nuestro defecto más capital es la desunión. Aplaudimos lo ageno y criticamos lo nuestro. Pero, ¡qué críticos, gran Dios! No nos parecemos al artista que examina una obra para descubrir su mérito y sus faltas: somos el anatómico que hace la autopsia del cadáver de una mujer hermosa para enseñarnos todo lo que hay de repugnante en el interior. Cierto es que tratamos de elevar al quinto cielo a nuestros hombres grandes; pero eso lo hacemos después que se han muerto; mientras viven nos esforzamos en hundirlos. Y lo que hacemos con los grandes lo hacemos con los chicos. ¿Seremos acaso envidiosos?

Como la enfermedad está en la masa de la sangre, difícil será curarla con tinta. Nuestro consejo al que crea valer algo es que se muera. La medicina parecerá amarga, pero hasta ahora no ha habido quien la pusiera en píldoras azucaradas.

El Progreso, periódico mensual de Nueva York, 1884.