Don Braulio y el chorizo de Campofrío

Nuestra sensibilidad histórica muchas veces nos inhibe –y casi siempre con buen criterio– a la hora de querer hacer comparaciones entre épocas alejadas en el tiempo. Las comparaciones históricas son particularmente odiosas dicen, decimos, porque quien compara casi siempre borra especificidades, anula diferencias, en la búsqueda de paralelismos y simetrías. No obstante, y a pesar de cierta alergia a las miradas transhistóricas, lo que veo en el encontronazo de reacciones que se ha producido ante el gracioso spot publicitario navideño de Campofrío (2013) es la vigencia absoluta de un autor español que escribía hace ya casi dos siglos. Resulta raro incluso decirlo, pero he de confesar que para mí la reacción más incisiva a la polémica suscitada en torno a la ingeniosa creación de Iciar Bollaín la escribió en la década de 1830 nada menos que Mariano José de Larra.

El spot de Campofrío elabora con ternura navideña un lugar común que Larra conocía de sobra: “nosotros, los españoles –¿qué le vamos a hacer?—somos así, y el mundo moderno es asá.” En el fondo no es otro el tema profundo de “El castellano viejo” y de tantos otros artículos de costumbres del gran Fígaro.

¿Os acordáis del texto de Larra? El narrador/cronista obviamente ha pasado por esa feria de “Hazte extranjero” retratada en el anuncio: se trata de un español que, por la(s) honda(s) crisis que han venido afligiendo a España, intenta volverse otra cosa. Y como parte de ese intento, rehuye de ciertas costumbres castizas –algunas de las que, por cierto, el anuncio de Campofrío abiertamente reivindica—y, sobre todo, busca cultivar una sociabilidad moderna, “exquisita” si se quiere –que, por cierto, el anuncio ridiculiza. Es decir, desde cierto punto de vista, frente a una crisis, y mediante una especie de impostura, el narrador/cronista, igual que los que pasean por el mercado de identidades de Campofrío, deja de ser español.

Por otro lado, Larra nos presenta al castellano viejo: burdo, gritón, franco hasta el punto de ser grosero –“ya sabes lo que digo de los cumplimientos: ‘cumplo y miento’”. De hecho, los valores de Braulio se representan con bastante precisión en el anuncio de Campofrío: “gritamos, somos informales, llamamos al pan, pan y al vino, vino, nos abrazamos mucho, improvisamos, porque, a fin de cuentas en todo eso consiste ser español. Y quienes hacen otra cosa, o ya no lo son o ya no lo quieren ser.”

Ahora bien: la pregunta clave sería ¿por qué busca “desespañolizarse” el narrador/cronista de “El castellano viejo”? Y una posible respuesta es la que ofrece sin matices el anuncio de Campofrío. ¿Por qué acuden a la feria de “Hazte extranjero” las celebridades que desfilan por el carnaval de extranjería de Campofrío? La lógica del spot es diáfana en este sentido: lo hacen porque, por motivos no explicados, España no va bien, y ahora hacerse extranjero está de moda; lo hacen porque, ahora, ser de otro país “mola.” Es decir, lo hacen por oportunismo, por moda, sin convicción. Conviene recordar que Larra, si bien no se cortaba en sus sátiras contra los D. Braulios del mundo, en realidad reservaba sus críticas más mordaces para aquellos petimetres que, precisamente por oportunismo y por moda, adoptaban los tics, las poses y las muletillas –“En este país”– de cierta modernidad o de cierta extranjería escasamente asimilada. Simplemente porque molaba.

Pero Larra, y aquí encontramos su plena vigencia, a diferencia del anuncio de Campofrío, sí está dispuesto a contemplar otros móviles, otras posibles explicaciones del deseo de “desespañolizarse”, sobre todo cuando la encarnación de lo español es, por ejemplo, Don Braulio. En primer lugar, en “El castellano viejo” y en otros textos, Larra se pregunta, y hace que nos preguntemos, si la forma de ser de D. Braulio –por mucho que se apoye en la retórica de “así somos, ¿qué le vamos a hacer?”– no será también una especie de pose, un performance de brusquedad decididamente no moderna, intencionadamente no sofisticada; es decir, una máscara que no hace más que cubrir una mediocridad autosuficiente. Y Larra también nos invita a ver el revés de otros valores presentados de forma positiva en el anuncio de Campofrío: el volumen de las conversaciones que a veces delata “el aplomo de quien ignora la duda”; el inmovilismo –“aquí se vive mejor que en ninguna parte”—que en ocasiones se traduce en un desperdicio de talentos y potencialidades; el desprecio, por artificiales o por “políticamente correctas”, de ciertas fórmulas de cortesía, que a veces dificulta la convivencia, sobre todo en comunidades heterogéneas; o ciertas formas de concebir la solidaridad y la identidad, que en algunos casos pueden acabar fomentando la endogamia o la corrupción.

¿Reivindicación oportuna de valores autóctonos en medio de la crisis? ¿casposa y oportunista defensa de un casticismo zarzuelero y excluyente? ¿Las dos cosas a la vez? “Concluida mi deprecación mental, corro a mi habitación a despojarme de mi camisa y de mi pantalón, reflexionando en mi interior que no son unos todos los hombres, puesto que los de un mismo país, acaso de un mismo entendimiento, no tienen las mismas costumbres, ni la misma delicadeza, cuando ven las cosas de tan distinta manera.”
–James D. Fernández