Aurelio Pego, en “Como ovejas descarriadas” (1933)

Entrada al edén: un dólar.

Con la llegada del verano la colonia hispana de Nueva York comienza a celebrar sus habituales fiestas campestres, y conviene darles una interpretación. Hasta ahora nadie se había molestado a interpretarlas.

Tres elementos constituyen el aliciente de estas fiestas: el fútbol, el baile y el vino. Todos ellos de raigambre española. Suprímase cualquiera de los tres y se agua la fiesta.
Cuál de ellos supera a los otros, sería difícil decirlo. Hay quien se complace en estar toda la tarde dando patadas a una pelota. Otros prefieren oscilar en el salón de baile a los acordes de la “jazz band”. Y otros, los más débiles seguramente, se pasan la tarde sentados junto a una mesa de madera comiendo pollo frío, huevos cocidos y bebiendo vino. Estos últimos son los que dan muestras de disfrutar de la jira campestre.

Y es porque el vino siempre tiene derivaciones. Los jugadores de fútbol se limitan a jugar y los bailarines a bailar, pero los del vino es distinto. A los del vino, al que menos, le da por cantar soleares. Y hasta los gallegos, apurado el primer galón de mosto, se sienten dispuestos al cante jondo. Pero, claro, como el vino es neoyorkino, los aires regionales tienen cierto carácter ultramontano.
A los que corren detrás del balón y a los que lo hacen apurados por los ruidos del “jazz” nunca epilogan su diversión con canciones a grito herido. Claro que mientras la diversión de trasegar vino al estómago tiende a subirse a la cabeza, la de bailar o jugar al fútbol, por lo regular, baja a los pies.

Las gentes a las que no agrada el fútbol, la danza espasmódica y el atracarse el estómago para que aguante mucho vino, no acuden a los “picnics” de nuestras sociedades. No puede decirse que acudir a una de estas fiestas es pasar un día de campo. En primer lugar, no hay campo. Me refiero al campo esmeraldino cubierto de hierba, a ese campo que han cantado tantos poetas de Virgilio acá y en el que han pastado tantísimas vacas.
Estos lugares donde las sociedades hispanas de Nueva York celebran sus fiestas veraniegas suelen estar cercados por una valla, están desprovistos de hierba y cuentan con un adecuado campo de fútbol. Bajo techado tienen un salón de baile y un bar donde despachan bebidas “soft”, blandas, que, naturalmente, nadie compra, porque los nuestros suelen venir provistos de abundantes bebidas “duras”.
Los que verdaderamente gozan de comer fiambres en el campo, por no volver a casa defraudados, se sientan sobre unos misérrimos hierbajos que crecen aquí y allá, fomentados por la lluvia, y a pesar del dueño del terreno, que a todo trance desea mantenerlo afeitado, sacan a relucir los papeles aceitosos, los pedazos de carne rebozada, las jarras de vino…

Y desde que hacen su aparición las jarras de vino hasta que los que las apuran se sienten rivales de Lázaro y de Fleta sólo transcurren unos veinte minutos. ¡Lo que se berrea en estas fiestas campestres! En realidad se lanzan al aire todas las canciones que se han tenido guardadas el resto del año.
Pero los nuestros mientras cantan y beben son felices. El parque, en cuanto empiezan a surgir las primeras copas de whiskey, es más bien un pequeño edén, donde, bien comido, puede uno tumbarse cara al sol y abrir la boca para que un amigo vaya escanciando sobre ella el mosto.
Y el derecho a disfrutar de este pequeño edén se lo otorgan por un dólar, el precio de la entrada. Naturalmente que no se incluye en el precio ni las bebidas ni los balones de fútbol.

Lo más simpático de estas fiestas es que en ellas el español se porta como si estuviera en su patria. Mientras haya “picnics” habrá amor a España. Cómo se sentirán de españoles que hasta, beodos, discuten con los policías como si estuvieran tratando con los guardias urbanos de su pueblo. Y al policía neoyorkino le hace gracia que de pronto, insospechadamente, le traten como a una zapatilla.

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